Piedra, papel o tijera. Eso es la vida, un juego donde al final por un lado o por otro vas a acabar dando, recibiendo y malherido de una u otra forma.
Desde un tiempo atrás hasta ahora me ha tocado ser papel prácticamente siempre. Un papel donde escribo mi historia, aunque muchas personas se encargan de cambiar palabras, hacer borrones o incluso imponer una historia que yo no había creado para mí.
Un papel muchas veces fino y transparente, más de lo que yo quisiera, la mayoría de las veces porque deja entrever mis sentimientos y mis puntos débiles. Incluso tan frágil que si intento escribir y rectificar se rompe y se hace imposible cambiar nada.
En otras ocasiones soy un papel mojado por las lágrimas que no fluyen a los ojos y emanan en mi interior, causando más estragos tanto a nivel psícológico como físico. Un papel mojado por la lluvia que traen ciertas tormentas a mi vida y que con su agua vuelven a borrar aquello que yo había escrito, dejando todo desbaratado e ilegible.
Intento ser tijera para cortar ciertas cosas, para zanjar ciertos asuntos, para poder dar forma a nuevos patrones en mi vida... Pero de nada me sirve si viene la piedra y me machaca, me deforma, me deja inútil y desarmada, a merced de sus apetencias.
De nada sirve ser una tijera oxidada y desafilada en un mundo de piedras. De nada sirve ser el papel más caro y resistente del mundo si un Tsunami llega a tu vida sin avisar y te borra, te desarma, te desintegra.
Necesito ser la piedra, dura, fuerte, resistente. No puedo ni quiero seguir sintiéndome tan frágil y vulnerable. Ser piedra no tiene porque ser malo. Una piedra puede ser una base, un pilar, aquello donde puedo seguir construyendo mis sueños y crecer.
No puedo ayudar a nadie cuando ni siquiera puedo ayudarme a mí misma... Pero de otras muchas peores he salido, donde me dejaron hecha fango y acabé tomando una forma sólida para seguir rodando con paso firme por la vida.
Sé que lo volveré a conseguir, pronto...





